Constantino Riquelme Ortiz
La historia de la democracia induce, cual vaticinio, a un tránsito conductista a través de la historia. Sus orígenes han sido objeto de estudio y de reflexión por parte de distintas disciplinas, entre ellas la Filosofía, el Derecho y las Ciencias Políticas, que han valorado su origen y línea histórica a través de su concepción en la Antigüedad, la Edad Media hasta los actuales períodos, e introduce una línea intelectual conforme a su importancia, y de su relación con el poder del Estado, del Gobierno, y de los ciudadanos.
Hacer referencia a una democracia adjetivizada es abordar lo establecido por Bovero, quien denomina democracia sin adjetivos “donde los hombres y partidos tenían concepciones diferentes y antagónicas de la democracia (democracia con tantos adjetivos contrapuestos, formal, sustancial, liberal, burguesa, social, progresiva, socialista, proletaria y hasta polémicamente fascista” (Bovero, 1995, págs. 9-10).
El planteamiento sobre diversos modelos o adjetivos responde a una diversidad de propuestas que buscan concebir la democracia desde su visión evolutiva e histórica, forjada a lo largo del tiempo, como una forma de organización política, que tiene su sustento en valores, principios y reglas, que buscan preservar un orden legal, el cual todos y todas debemos proteger y tutelar.
TABLA I: ADJETIVOS ESTABLECIDOS PARA LA DEMOCRACIA
| Democracia Directa | Democracia Igualitaria |
| Democracia Representativa | Democracia Pluralista |
| Democracia Electoral | Democracia Solidaria |
| Democracia Participativa | Democracia Garantista |
| Democracia Humanista | Democracia Legalista |
| Democracia Constitucional | Democracia de Audiencias |
| Democracia Paritaria o Feminista | Democracia Asociativa |
| Democracia Deliberativa | Democracia Social |
| Democracia Formal o Sustancial | Democracia Excluyente |
| Democracia Digital | Democracia Radical |
| Democracia Delegativa | Democracia Ambiental |
| Democracia Tutelada | Democracia Defectiva |
| Democracia Económica | Democracia Elitista o Excluyente |
| Democracia Líquida | Democracia Oligárquica |
| Democracia Marxista | Democracia Popular |
| Democracia Plebiscitaria | Democracia de Audiencia |
| Democracia Abstracta | Democracia Concreta |
| Democracia Clásica | Democracia Cosmopolita |
| Democracia Racial | Democracia Plebeya |
| Democracia Discursiva | Democracia Real o Absoluta |
| Democracia Gobernable | Democracia Populista |
| Democracia Comunitaria | Democracia Militante |
| Democracia Consocional | Democracia Orgánica |
| Democracia Predictiva | Democracia Consolidada |
| Democracia Calculada | Democracia Algorítmica |
Fuente: Elaboración propia conforme a la observancia de modelos o adjetivos otorgados a la democracia.
Es por ello que la concepción de adjetivos a la democracia es polifacética en gran medida, pero su bifurcación deriva del discurrir de significados atribuidos, lo cual subyace en el quehacer de conceptualizaciones equivocadas, propio de un abierto desconocimiento de sus principales postulados, lo cual incide de forma negativa y conduce a posturas anacrónicas en cuanto a la defensa de la democracia, como principio fundamental de un Estado de derecho democrático. La gobernabilidad en democracia desconoce derechos otorgado y promueve falsas dicotomías, lo cual induce al desinterés de sus ciudadanos de conocer las distintas terminologías que se brindan, y aceptan como un hecho fáctico posturas radicales que debilitan la existencia de la democracia.
Los adjetivos que complementan el término democracia, de acuerdo con Bovero, promueven confusión en la mente ciudadana, propio del desconocimiento de los ciudadanos, sobre los términos conceptuales que definen la democracia, logrando en gran medida incidir en la apatía hacia la diversidad de adjetivos constituidos, afectando a una sociedad, cuyo aprendizaje es aprender a vivir en o con democracia, la cual debe fortalecer el diálogo y la resolución de conflictos, permanente. No se debe crear más adjetivos; lo que se debe es normar instrumentos positivos, que tutelen el derecho a la democracia, a partir de una visión humanista, y de consagración de la igualdad y la libertad del ser humano; con normas que tutelen la no discriminación, el derecho a la inclusión y el derecho a la igualdad del ser humano, para lograr así la inclusión de los grupos vulnerables en la sociedad.
No cabe duda de que la democracia ha sido objeto de estudio a profundidad, y su defensa ha sido ampliada en prácticas discursivas o demagogas que muchas veces marcan una diferencia entre teoría y realidad, propiciada por defensores, críticos y utilitaristas en el contexto de la valoración brindada en el pensamiento a la democracia. Pretender elaborar una definición conceptual a partir de distintas adjetivaciones permite distinguir un símil de valoraciones al término democracia, lo cual permite, en su complejidad, solo ser comprendida a través de la filosofía del pensamiento político. Esta percepción permite preguntarse si la democracia sustentada en valores morales es un problema de la filosofía, o si la misma requiere un acto de voluntad, contraviniendo un subterfugio de valoraciones preconcebidas, propio de su interpretación, como un derecho humano positivo y reglamentado en tratados internacionales.
El presente ensayo contextualiza la construcción de la democracia a partir de distintos modelos o adjetivos, que se han establecido en el recorrido histórico del concepto. A su vez, la crítica a su existencia encuentra grandes defensores del declive u ocaso señalando así un plexus de términos sobre una democracia en construcción, una democracia inconclusa, una democracia en riesgo, una democracia en crisis, una democracia bajo presión o, finalmente, una democracia amputada de sus partes esenciales cuyo presagio o vaticinio es el empobrecimiento de los desheredados o desdichados en cuanto a la adquisición de bienes materiales. En fin, se han presentado y teorizado diversas posiciones que denotan la necesidad de preservar y defender la democracia; o, muy por el contrario, sus críticos se han constituido en grandes detractores de su existencia, es decir, crean un sofisma de distracción en la sociedad, lo cual les permite en principio defender la misma para acceder al poder y luego hacer críticas ante su existencia.
La desafección de la sociedad permite que determinados grupos promuevan discursos de odio, limitando un análisis racional a los debates e ideas presentes que buscan consensos, y generan el acceso a la participación en los asuntos públicos, logrando en consecuencia exigir a los gobernantes políticas públicas que contribuyan al desarrollo humano y a la igualdad de todos en nuestra sociedad. Es decir, el desarrollo de un tejido social encuentra su fortaleza en una democracia consolidada, lo cual incide en el crecimiento y desarrollo de una cultura de paz y de resolución de conflictos, ante los problemas existentes en la actualidad.
Es importante señalar la defensa de la democracia a través de la observancia de la naturaleza de la misma; debe ser concebida como una norma jurídica, la cual brinda la oportunidad de hacer defensa de su concepción como un derecho humano de carácter colectivo que nos beneficie a todos por igual. La misma debe superar los esquemas adjetivos, para alcanzar su preponderancia a través del reconocimiento en el ordenamiento jurídico interno e internacional.
La Carta Democrática Interamericana, prohijada en América Latina el 11 de septiembre de 2001, refleja la voluntad de los Estados que suscribieron la misma de constituir un documento “soft law” que desarrolla el concepto democracia representativa, brindando aportes en calificar la democracia como un derecho humano de los pueblos, cuyos gobiernos tienen la obligación de promover, respetar y garantizar su defensa.
La misma encuentra un límite en el principio proclamado en la Carta de Naciones Unidas, como ha sido el principio del respeto a la soberanía de un Estado y de no intervención en los asuntos internos, representando un avance cristalizador en el desarrollo del derecho a la democracia como un derecho humano de los pueblos, acorde a sus valores y principios.
Estos principios han permitido el desarrollo de un ordenamiento jurídico internacional, que muchas veces es limitado por el ejercicio soberano de los Estados, lo cual afecta, en gran medida, principios, preceptos y valores democráticos que han sido proclamados a través de los principales instrumentos de derechos humanos.
La observancia en muchas de nuestras constituciones del término democracia establecida en su preámbulo o dentro del contenido de la forma de organización del Estado, permite vislumbrar períodos −aún presentes− de difícil inserción en el marco constitucional de hacer presente, conforme a lo dispuesto en la Carta Democrática Interamericana, la democracia como un derecho humano de los pueblos, cuya obligación no sea solo de respeto, sino de protección y de otorgar la garantía en su cumplimiento por parte de sus gobernantes.
Por otra parte, es importante señalar, como la conformación de modelos o adjetivos que buscan construir o fortalecer la democracia, tropieza con valoraciones distintas al determinar la democracia como un valor o principios que regulen la vida en la sociedad. La creación de distintos modelos propicia una deconstrucción de los fundamentos o características que revisten al término democracia, y conduce a sus ciudadanos −cual velero sin dirección− a interrogarse ¿en qué adjetivos de democracia nos encontramos?.
Si bien es cierto, las élites política y las relaciones de poder encuentran su origen en la preservación de prácticas paternalistas, clientelistas y partidocráticas; las cuales han marcado esquemas de una profunda desigualdad en América Latina, producto de una pobreza multidimensional y de una brecha social galopante que debilita el tejido social, y por ende el capital humano, cuyo resultado ha sido producto de una herencia colonial, que ha contribuido en la “preservación” de una cultura clientelista, paternalista, cuyo corte de caciquismo político solo ha beneficiado a determinados sectores de las élites políticas, quienes ejercen el control del poder político y fomentan un debilitamiento de los cimientos de la democracia, así como de un desarrollo humano y un capital humano competitivo. Este proyecto político tradicional ha marcado en la región sesgos de cómo garantizar la igualdad política en un continente de profunda desigualdad económica.
Es importante valorar el índice de la democracia (The Economist Intelligence Unit) y el índice Freedon House (FH) sobre libertad en América; así como los análisis de IDEA, PNUD y de otros organismos que presentan, a través de la aplicación de metodología cuantitativa, resultados que detallan las distintas valoraciones que los ciudadanos y ciudadanas de la región de las Américas hacen a la democracia, permitiendo en sí determinar si nos encontramos en períodos del alcance de una plenitud democrática o, todo lo contrario, seguimos con mesianismos populistas o la conformación de un nihilismo personal que produce, en consecuencia, fracturas o debilidades; haciendo imposible que la democracia deje de ser valorada como un término semántico y se logre la consolidación de una verdadera democracia en América Latina.
Si hacemos un análisis de una visión retrospectiva de la democracia, quizás la misma represente para sus ciudadanos y ciudadanas una expresión de ideas proporcionadas por la burguesía liberal, donde sus cimientos contravienen la igualdad de todos, haciendo a la democracia inoperante ante la sociedad propiamente. Por otra parte, aún a pesar de que la corrupción, el clientelismo y la partidocracia constituyen una forma de manifestación de desviación social y, por ende, promueven factores que determinan a largo plazo un resquebrajamiento de las institucionalidad democrática, se hace necesario fortalecer el vínculo entre democracia y justicia distributiva conforme a la ética discursiva, lo cual no debe ser establecida como un valor universalmente aceptado, sino como un derecho al cual todos los pueblos deben gozar y beneficiarse del mismo.
El alcance de grandes libertades y derechos, como ha sido la libertad de expresión, de pensamiento, de circulación, de culto, de participación, así como el respeto a la dignidad de cada ser humano, constituye un funcionamiento eficaz de la democracia. Como expresa Rubén Galleguillo “la civearquía se constituye en una alternativa promisoria que, respetando la rica tradición de la democracia en cuyo jardín florecieron la libertad y la igualdad, está en condiciones de albergar las complejas realidades presentes y cristalizar los desafíos de emancipación de los nuevos tiempos” (Galleguillo, 2016, pág. 54).
Si bien es cierto, somos un continente de desafíos y de esperanzas, América Latina emerge después de los procesos de independencia de forma distinta a otras regiones del planeta, con sus particularidades culturales y de prácticas nefastas, heredadas de la época colonial, siendo propicio mencionar entre sus males el caciquismo y el paternalismo, lo cual incide en sesgos de inequidad y de una brecha social permanente, que hace imposible −casi doscientos años transcurridos desde la independencia de la región− que el anhelo de una América unida, con sentido de identidad latinoamericana, supere los viejos “conceptos culturales” de rasgos o de creencias, que demuestran distorsiones mentales de “superioridad de determinados grupos sociales sobre otros”, propio de nuestra conformación social, política y económica, cuya idiosincrasia es el resultado de la construcción del Estado – Nación.
La transformación digital debe enfocarse en reforzar la democracia y la protección de derechos fundamentales, generando nuevos o integrando de manera efectiva las nuevas modalidades en los formatos ya existentes. Por lo tanto, el sistema debe asegurar que estos derechos puedan ser ejercidos en el entorno digital con la misma efectividad que en el mundo físico, lo que plantea el reto de cómo garantizar su protección, considerando las particularidades inherentes al mundo digital (Barrio, 2023, págs. 19 – 20).
La irrupción de la inteligencia artificial no solo afecta derechos concretos o la democracia, sino también a los pilares estructurales de un Estado constitucional, como forma de organización política. De este modo la IA genera controversias y dificultades para el concepto de soberanía, el equilibrio de poderes y el principio de legalidad, elementos funcionales que deben reinterpretarse a la luz de las tecnologías disruptivas (Castellanos Claramunt, 2025, pág. 99).
Es importante señalar, conforme a la evolución de los derechos humanos fundamentales, como los derechos civiles y políticos aparecen ampliamente referidos en las constituciones. Los derechos sociales, económicos y culturales, han sido invisibilizados en cuanto al ejercicio de garantías que debe brindar la Constitución. El derecho humano a la educación de calidad es uno de los principales derechos que permitirá en el futuro hacer a las generaciones X, Y o Z mejores ciudadanos, con conocimientos para preservar los valores, principios y derechos democráticos, que han sido establecidos a lo largo de la historia. Esta falta de compromiso de los gobiernos para fortalecer el tejido social en nuestras sociedades, haciendo más competitiva a su población, evitaría la recurrencia de los mismos a buscar mejores oportunidades en otros países, y así debilitar un capital humano competitivo y de calidad. Esta falencia educativa promueve en los ciudadanos seguir siendo víctimas permanentes de las prácticas de clientelismo y de corrupción, y de seguir así seleccionando políticos que jamás contribuirán con el crecimiento personal y profesional de sus ciudadanos.
Frente a estos grandes desafíos, se puede avizorar escenarios apocalípticos cuya contribución es consolidar hacia el futuro la deconstrucción de la democracia, propio de la debilidad institucional, de la incertidumbre, de los actos de corrupción y de la emergencia de una violencia estructural, que emerge cual leviathan, consumiendo así los cimientos forjados por valores y principios en los cuales descansa nuestra democracia.
O muy por el contrario, podemos avizorar las asimetrías en la organización político – social, lo cual incide en el descontento con la democracia de establecer −de acuerdo con sus críticos− que la misma responde a los males que aquejan a la sociedad, olvidando, en gran medida, que la democracia es una construcción histórica, que debe ser resiliente ante los cambios presentes, e intentar seguir preservando la existencia de valores, reglas y principios que contextualizan un orden que debe prevalecer en toda sociedad democrática.
Es importante abordar la defensa de la democracia a través de la observancia de su naturaleza propiamente, y de ser concebida como una norma jurídica, que permite que su cristalización alcance a través de su conceptualización que sea promovida como un derecho humano colectivo cuyo objeto de tutela es el pueblo, como sujeto titular de derechos. Es decir, la misma debe superar esquemas de viejas concepciones establecidas que definen la democracia como valores y principios, logrando así establecer su reconocimiento en el sistema de tratados internacionales, con respecto al cumplimiento de lo allí establecido.
Como expresa Altavilla, la primera vez que se mencionó la palabra democracia en un instrumento internacional fue dentro del Sistema Interamericano de Derechos Humanos, a través de la Resolución XXVII que estableció la Conferencia Interamericana de Consolidación de la Paz, celebrado en Buenos Aires en 1936 (Altavilla, 2023, pág. 32).
El reconocimiento del término democracia descansa en gran medida en declaraciones internaciones, así como en el Pacto Internacional de los Derechos Civiles y Políticos (1966) y la Convención Americana de Derechos Humanos (1969). Este reconocimiento, de describir la preponderancia de la democracia en un sistema político o jurídico, no aparece debidamente inserto en otras declaraciones como la Carta Africana de Derechos Humanos y de los Pueblos (1981), la Carta Árabe de Derechos Humanos (2004) y la Carta Asiática de Derechos Humanos (1998).
Destacada importancia en el sistema político internacional, han tenido dos declaraciones en períodos distintos, y una Carta Democrática Interamericana que marcan ese hito de progresividad en el derecho internacional de hacer una sociedad más justa. En 1945, el Dr. Ricardo J. Alfaro presentó, por Panamá, ante la Asamblea General de Naciones Unidas (AGNU), una propuesta de Declaración de Derechos Humanos Esenciales. Este documento tuvo especial importancia frente a la coyuntura internacional en aquel momento, y mucho de los derechos allí propuestos han quedado en la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948).
El otro documento −de significativo valor− ha sido la Declaración de Derechos Humanos Emergentes (2007), un documento de avanzada, propuesto por la sociedad civil global, que destaca en su contenido valores, principios y seis títulos donde amplía una serie de aspectos relevantes, con respecto al derecho a la democracia. La misma es incorporada en la presente Declaración a través del derecho a la democracia igualitaria, el derecho a la democracia plural, el derecho a la democracia paritaria, el derecho a la democracia participativa, el derecho a la democracia solidaria y el derecho a la democracia garantista.
La misma encuentra un límite a través de la proclamación de principios establecidos en la Carta de Naciones Unidas, como ha sido el principio del respeto a la soberanía de un Estado, y de no intervención en los asuntos internos. A través de la proclamación de estos principios del derecho internacional, se buscaba evitar la injerencia en los asuntos internos o de intervención en el respeto a la soberanía de los Estados, por parte de otros Estados con mayores recursos, y de gran poder militar. Sin embargo, la aplicación práctica de los gobiernos es recurrente ante la violación de derechos humanos fundamentales, como son los derechos colectivos.
Aún a pesar de los obstáculos presentes, el derecho humano a la democracia representa un avance cristalizador del desarrollo de derechos colectivos, como ha sido el establecimiento en la Carta Democrática Interamericana para establecer la democracia como un derecho humano de los pueblos, acorde a principios y preceptos democráticos.
Estos principios han permitido desarrollar un ordenamiento jurídico internacional, que muchas veces es limitado por el ejercicio soberano de los Estados, lo cual afecta en gran medida los principios, preceptos y valores democráticos, que han sido proclamados en los principales instrumentos de derechos humanos.
La observancia en muchas de nuestras constituciones del término democracia, establecida en su preámbulo o dentro del contenido de la forma de organización del Estado, permite vislumbrar períodos aún presentes de difícil inserción en el marco constitucional de incluir lo dispuesto en la Carta Democrática Interamericana, es decir, lo preceptuado en su artículo 1 que dispone a la democracia como un derecho humano de los pueblos, cuya obligación no sea solo de respeto, sino de protección y de otorgar la garantía en su cumplimiento por parte de sus gobernantes.
En el mismo sentido, la democracia instrumentalizada en documentos jurídicos ha sido debidamente establecida desde una posición o valoración de la importancia que los gobiernos brindan a la democracia representativa como modelo o forma de gobierno, que aún sigue presente en el desarrollo de los pueblos. Los principales instrumentos, como la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948) y el Pacto Internacional de los Derechos Civiles y Políticos, hacen referencia directa a la democracia representativa, la cual dispone el ejercicio del derecho al sufragio, como mecanismo de participación de los electores, para fortalecer los cimientos de un Estado de derecho democrático.
Constituir la democracia como un derecho humano colectivo representa desafíos para muchos Estados, en cuanto al “deber” modificar sus constituciones, muchas veces caracterizadas por su rigidez constitucional, lo cual no permiten fácilmente adecuar la condición de derecho humano a la democracia, principalmente en cuanto a su inserción como un derecho humano de los pueblos, y generando en su efecto la oportunidad de cualquier ciudadano o ciudadana para que pueda demandar al Estado por incurrir en responsabilidad, o a sus gobiernos por afectar el derecho a la democracia, como un derecho humano o derecho colectivo de la sociedad.
Se hace presente a lo largo del ensayo, no solo abordar la imprecisión conceptual de la democracia a través de los distintos adjetivos establecidos a la misma, siendo relevante elaborar un análisis del contenido del artículo 1 de la Carta Democrática Interamericana que nos promueve la democracia como un derecho humano de los pueblos y de sus gobernantes a protegerla y defenderla. Por ello se hace necesario defender su pensamiento, superando los adjetivos establecidos y valorando su existencia a partir de una realidad que nos hace pensar en qué le ocurriría a la sociedad o la humanidad propiamente al estar sin democracia. Pensar en una “sociedad sin derechos”, donde la anarquía y la violencia acabarían el sueño de la humanidad, de alcanzar el desarrollo humano y la competitividad de todos y todas, en las mismas condiciones de igualdad y de libertad, propio de la condición de seres humanos que anhelan vivir bajos estándares de calidad democrática.
Construir la democracia como un derecho humano de los pueblos representa desafíos para muchos Estados, en cuanto al “deber” de modificar sus constituciones, las cuales han sido construidas −en muchos estados− sobre la base de una rigidez constitucional, lo cual afecta en gran medida la inserción de derechos humanos fundamentales, siendo el derecho a la democracia, como derecho humano de los pueblos, el que brinda la oportunidad a cualquier ciudadano o ciudadana, en el ejercicio de sus derechos, de demandar al Estado por haber incurrido en responsabilidad internacional, o a sus gobiernos propiamente por afectar el derecho a la democracia, como un derecho humano o derecho colectivo de la sociedad.
La emergencia actual de regímenes mesiánicos, neopopulistas y autoritarios, brinda grandes desafíos y pocas esperanzas de fortalecer los cimientos democráticos, al exponer los mismos lenguajes agresivos y descalificativos hacia quienes se oponen a sus mandatos. Desde que la política se convirtió en el objeto más preciado de las élites políticas, el retroceso de la democracia en los últimos años se hace evidente, lo cual conduce a su población a luchar o hacerse resiliente para poder sobrevivir a los períodos de violencia e incertidumbre que nos agobian, siendo la misma necesaria como base fundamental de toda sociedad, para evitar así caer en un sesgo de metáfora al señalar a la misma, como una enfermedad crónica que no logrará subsistir en los nuevos y actuales períodos históricos del siglo XXI.
Es importante valorar el índice de la democracia de Vdem, Polity, The Economist Intelligence Unit, Freedon House (FH), BTI, sobre el desarrollo y evaluación de la democracia en América Latina y del universo propiamente; así como los análisis de IDEA, PNUD y de otros organismos que presentan a través de aplicación de metodología cuantitativa, resultados que detallan las distintas valoraciones que los ciudadanos y ciudadanas de la región de las Américas, hacen a la democracia, permitiendo en sí determinar si nos encontramos en períodos del alcance de una plenitud democrática o, todo lo contrario, seguimos con mesianismos populistas o la conformación de un nihilismo personal, que produce en consecuencia fracturas o debilidades, haciendo imposible que la democracia deje de ser valorada como un término semántico y se logre la consolidación de una verdadera democracia en América Latina.
Si hacemos un análisis de una visión retrospectiva de la democracia, quizás represente para sus ciudadanos y ciudadanas una expresión de ideas proporcionadas por la burguesía liberal, cuyos cimientos contravienen la igualdad de todos, haciendo a la democracia inoperante ante la sociedad propiamente. Por otra parte, aún a pesar de que la corrupción, el clientelismo y la partidocracia constituyen una forma de manifestación de desviación social y, por ende, promueven factores que determinan a largo plazo un resquebrajamiento de las institucionalidad democrática, se hace necesario fortalecer el vínculo entre democracia y justicia distributiva conforme a la ética discursiva, lo cual no debe ser establecida como un valor universalmente aceptado, sino como un derecho al cual todos los pueblos deben gozar y beneficiarse.
El alcance de grandes libertades y derechos, como han sido la libertad de expresión, de pensamiento, de circulación, de culto, de participación, así como el respeto a la dignidad de cada ser humano, constituyen un funcionamiento eficaz de la democracia.
Si bien es cierto, somos un continente de desafíos y de esperanzas, América Latina emerge después de los procesos de independencia de forma distinta a otras regiones del planeta, con sus particularidades culturales, y de prácticas nefastas heredadas de la época colonial, siendo propicio mencionar entre sus males el caciquismo y el paternalismo, lo cual incide en sesgos de inequidad y de una brecha social permanente, que hace imposible casi doscientos años transcurridos desde la independencia de la región, que el anhelo de una América unida, con sentido de identidad latinoamericana, supere los viejos “conceptos culturales” de rasgos o de creencias, que demuestran distorsiones mentales de “superioridad de determinados grupos sociales sobre otros”, propio de nuestra conformación social, política y económica, cuya idiosincrasia es resultado de la construcción del Estado – Nación.
Frente a estos grandes desafíos, se puede avizorar escenarios apocalípticos cuya contribución es consolidar hacia el futuro, la deconstrucción de la democracia, propio de la debilidad institucional, de la incertidumbre, de los actos de corrupción y de la emergencia de una violencia estructural, que emerge cual leviathan consumiendo todos los cimientos forjados en valores y principios sobre los que descansa nuestra democracia.
O muy por el contrario, podemos establecer como las asimetrías en la organización político – social incide en el descontento con la democracia, de establecer de acuerdo a sus críticos que la misma responde a los males que aquejan a la sociedad, olvidando en gran medida que la democracia es una construcción histórica, que debe ser resiliente ante los cambios presentes, e intentar seguir preservando la existencia de valores, reglas, y principios que contextualizan un orden que debe prevalecer en toda sociedad democrática.
Para concluir, se hizo presente a lo largo de la obra, no solo abordar la imprecisión conceptual de la democracia, a través de los distintos modelos o adjetivos establecidos para la misma, siendo relevante elaborar un análisis del contenido del artículo 1 de la Carta Democrática Interamericana que nos promueve la democracia como un derecho humano de los pueblos y de sus gobernantes a protegerla y defenderla. Es por ello que se hace necesario defender su pensamiento, superando los adjetivos establecidos y valorando su existencia a partir de una realidad que nos hace pensar en qué le ocurriría a la sociedad o la humanidad propiamente al estar sin democracia. Es importante sustituir y fortalecer los procesos democráticos electorales para sustituir una “sociedad sin derechos”, donde la anarquía y la violencia controlan el poder, por la legitimidad de gobernantes democráticos, que promuevan el diálogo, la negociación y una cultura de paz, que permite un desarrollo humano de su población, y el anhelo de todos y todas de crecer en condiciones de igualdad y de libertad, como seres humanos que anhelan vivir bajos estándares de calidad democrática. Como expresa un viejo refrán, en fecha 1971: “La cura para los males de la democracia es más democracia”.
BIBLIOGRAFÍA
Altavilla, C. (2023). Democracia, Estado de Derecho y Derechos Humanos en América Latina. Escenarios y Perspectivas a 20 años de la aprobación de la Carta Democrática Interamericana. Argentina: Ediciones Olejnik.
Barrio, A. M. (2023). Los Derechos Digitales y su regulación en España, la Unión Europea e Iberoamérica. La Coruña, España: Colecciones: Cuadernos de la Cátedra de Relaciones Privadas Internacionales.
Bovero, M. (1995). Los Adjetivos de la Democracia. México: Instituto Federal Electoral.
Castellanos Claramunt, J. (2025). Democracia. Un Análisis en Clave Constitucional. Madrid, España: Dykinson, S.L.
Galleguillo, R. E. (5 de Mayo de 2016). Ciudadanía y Democracia: los nuevos desafíos. Más Poder Local. Buenos Aires, Buenos Aires, Argentina: Asociación Latinoamericana de Investigación en Campañas Electorales.