¿HAY DEMOCRACIA SIN DEBATE?

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¿HAY DEMOCRACIA SIN DEBATE?

2020-05-06T14:54:19+00:006 mayo, 2020|Artículo Nacional, Destacado|

Es casi una regla de convivencia social aquel dicho  que sentencia que  en reuniones familiares o de amigos es mejor no hablar de política o religión. Pero ¿alguna vez se han detenido a pensar en la real razón de lo anterior? ¿Será porque somos incapaces de tocar estos temas sin sentirnos profundamente arraigados a una posición, o porque en aquellas conversaciones sentimos todo personal y eso nos impide escuchar? En tiempos en que es más común estar en desacuerdo que en acuerdo, no solo es necesario contar con las herramientas suficientes para sustentar nuestras ideas, sino que debemos ser capaces de defenderlas y responder a quienes las cuestionan, sabiendo siempre diferenciar las ideas de las personas. Esto último no solo lo enseña el debate, sino que lo perfecciona.

 

Cuando pensamos en debate, diferentes imágenes pueden saltar a nuestra mente, pero me atrevería a decir que la más común sería la de personas en podios, con micrófonos y cronómetros. No errados.  Esta imagen representa un formato de debate con protagonistas muy específicos.  Sin embargo, el debate no debe ser formal o protocolar para que siga siendo debate. Dentro de una democracia no  solo es necesario que existan espacios que fomenten la primera imagen, sino que más importante es que se generen debates en escuelas, universidades, foros, gremios, instituciones públicas, hasta en reuniones familiares, pues es ahí donde se desarrolla y potencia el pensamiento critico y fortalece la democracia.

 

Desde la Asociación Panameña de Debate (ASPADE) hemos reconocido que el debate desarrolla una estrategia integral e instrumentos pedagógicos, que utilizan la argumentación y fomentan la resolución pacífica de conflictos. En otras palabras, el debate ayuda a formar una ciudadanía más capacitada, consciente, crítica, empática y empoderada; capaz de identificarse y darle importancia al proceso democrático, y llevar a cabo transformaciones sociales con impacto.

 

Como ha señalado, en diversas ocasiones, nuestro secretario de Incidencia Ciudadana, Mijaíl Castillo: “Existen varias características intrínsecas al debate que permiten fortalecer la opinión pública en las democracias contemporáneas”. En primer lugar, ejercita la tolerancia y la interiorización de valores en los espacios de disenso. Escuchar las ideas de la contraparte de forma atenta y receptiva es uno de los rasgos más sobresalientes en los espacios de debate ya que es una condición necesaria para que la discusión se permita, se desarrolle y alcance profundidad sobre los asuntos más relevantes. En algunos casos, dentro del contexto del debate como una herramienta pedagógica y competitiva, los interlocutores deben asumir posturas en las que no necesariamente comparten los puntos de vista que argumentan.

 

Esto es especialmente importante para los ciudadanos de una democracia ya que fomenta el poder “pararse en los zapatos del otro” por un momento para un análisis más consciente, pero a su vez fomenta un continuo ejercicio de confrontación pacífica de ideas, en el que la diferencia antes de ser atacada busca ser comprendida y valorada. “Mucho más que el arribo a consensos anhelados, lo que hace posible la convivencia democrática es la tolerancia de los múltiples disensos que cruzan toda sociedad. Al igual que la democracia, la tolerancia es una aspiración: acercarnos a ella —es decir, ser más tolerantes— requiere una permanente ejercitación” (Bonomo, Mamberti, & Miller, 2010, pág. 12). En ese orden de ideas, el debate se termina convirtiendo en una herramienta ciudadana destinada a fortalecer una competencia elemental; en este caso, la de la tolerancia.

 

En segundo lugar, el debate permite un desarrollo más profundo de las ideas y opiniones que se tengan, sin importar cuáles sean estas. En estos espacios de discusión se premia la persuasión a partir de argumentos y razones estructuradas, por sobre las ofensas, las creencias de valor o las ideas sin sustento. De cara a un contexto democrático, en el que es fundamental comparar y analizar de manera crítica las propuestas de diversos candidatos políticos, líderes sociales o empresariales, esta habilidad resulta ser un elemento diferenciador que fortalece la calidad de las opiniones de todos los involucrados en una discusión. El ciudadano razonable promedio, a partir de esta herramienta, tenderá a no interpretar la oposición a sus ideas y opiniones como una ofensa sino como un reto por explicar sus puntos de vista de una forma más clara, mejor justificada y de la manera más respetuosa posible.

 

Por último, el debate permite tener ciudadanos  más conscientes de su realidad política, social y cultural. En general, una vez alguien se preocupa por mejorar sus argumentos y tratar de entender los del otro, se tiene como consecuencia a una persona mejor informada, más reflexiva y  más crítica con respecto a todo lo que escucha, ya sea en su círculo más inmediato de amigos o lo que los medios de comunicación o los representantes políticos comentan. “En un contexto de cuestionamiento a la legitimidad de la política —o, en otras palabras, de cuestionamiento a quienes nos representan—, la formación integral proporcionada por el debate resulta de vital importancia para la construcción de nuevos y mejores liderazgos, la promoción de la tolerancia y la profundización de los valores democráticos en la sociedad” (Bonomo, Mamberti, & Miller, 2010, pág. 17).

 

De ahí parte la afirmación de que el debate como herramienta democrática genere competencias para una mejor rendición de cuentas ante los diferentes ámbitos de la vida democrática que implican una verificación democrática sobre líderes, candidatos o representantes políticos, y que genere un incentivo para que todos los actores inmersos en la sociedad adopten las competencias anteriormente nombradas para mejorar el panorama político de toda la sociedad. Aunque parezca increíble, si el debate logra fundamentar de manera adecuada la tolerancia, la profundidad analítica y el interés por los asuntos públicos y coyunturales que nos aquejan, puede llegar a crear círculos virtuosos que repercutan en una cultura generalizada más respetuosa, participativa y propositiva. La promoción del debate se termina convirtiéndose  en una estrategia de empoderamiento de la opinión pública para todo tipo de personas.

 

Esto sin implicar que estas quieran o no repercutir en círculos políticos. Es decir que el simple hecho de ser un ciudadano crítico en un país que tiene mucho potencial, pero a la vez mucho por progresar, brinda la posibilidad de una participación más efectiva, una representación responsable de ideales y creencias y un balance de poderes a través de formas no necesariamente convencionales,  como el involucramiento de grupos sociales en la toma de decisión, la innovación y el empoderamiento de todos los ciudadanos, entre otros, que permiten la creación de una mejor democracia y, por ende, un mejor país.

 

Hoy es necesario cuestionar y no estar de acuerdo con todo; el hablar de los temas más sensitivos y profundizar en las diferentes posiciones; pues es en el proceso del debate donde se generan importantes posturas que fortalecen la democracia. Es necesario que en el marco de procesos importantes como el de reformas constitucionales o de reformas al código electoral, entendamos e internalicemos que el debate es imprescindible. Dichos procesos dejan de ser valiosos en la medida en que sus actores se nieguen a verlos desde  diferentes ópticas, pues únicamente en la contraposición de ideas se construyen consensos.

 

Cuando revisamos lo acontecido en los últimos meses y evaluamos el porqué de las protestas ante el proceso de reforma constitucional, hay un consenso general de que el problema o la incomodidad de los diferentes sectores se originó en la forma en la que se llevó el proceso y no necesariamente en el fondo de las propuestas. Es decir, fue más un tema de forma que de fondo. En otras palabras, fue la falta de debate y la cuestionada falta de trasparencia de los actores principales, la que llevó al rechazo del proceso, y no necesariamente que la población estaba en desacuerdo con las reformas. Algunos señalan que fue una estrategia, otros que se debió al temor de las posturas que pudieran surgir después de ese debate.  Pero independientemente de la razón, es comprobado que la ciudadanía buscaba que se diera un debate abierto e inclusivo. Es importante señalar que no siempre aquel debate democrático es fácil o cómodo, pero sí que es necesario. La democracia de hoy exige debate y que se le dé apertura a todos los temas; hasta los más incomodos. Es por eso que darle a la ciudadanía todas las herramientas posibles para que lo hagan, es como se construye #UnPanamáQueDebate.

 

Sherryl Girón, panameña, abogada, egresada de la Universidad Católica Santa María la Antigua, magíster en Análisis Económico del Derecho de la Universidad Complutense de Madrid, directora de Proyectos de la Organización de Estados Iberoamericanos para la Educación, Ciencia y Cultura, miembro de la Junta Nacional de Escrutinio 2019, cofundadora y presidenta de la Asociación Panameña de Debate (ASPADE).