Panamá: 500 años de construir ciudad

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Panamá: 500 años de construir ciudad

2019-11-26T11:11:16+00:0026 noviembre, 2019|Artículo Nacional|

El cumpleaños 500 de la fundación de ciudad de Panamá  es una ocasión más que propicia para reflexionar sobre la ciudad que hemos sido, que somos y que tenemos el potencial de ser.

 

Nuestra ciudad fundada a orillas del océano Pacífico en 1519 – la primera de este litoral en tierras continentales- era fundamentalmente una ciudad sobre humedales y fangales, estratégica por su posición en el trasiego de mercancía, oro y esclavos. Sin embargo, con condiciones consideradas inhóspitas para el desarrollo cualitativo de la vida humana.  Siguiendo el trazado de la cuadrícula española, la ciudad estaba organizada por castas,  donde estaba claramente establecido el poder religioso y político en el centro, y hacia las afueras se encontraban los ranchos de indígenas y campesinos.

 

Asediada por piratas y corsarios, nuestra ciudad es trasladada a lo que hoy conocemos como San Felipe, en 1671, y allí fue fortificada con el muro que separaba a “los de adentro” –hacendados y familias adineradas – y “los de afuera”, el arrabal, asentamiento de negros, migrantes y campesinos mayoritariamente.

 

Ciertamente por casi cuatro siglos y medio, fuimos una ciudad de intramuros          -incluso imaginarios- con un arrabal que la complementaba y una serie de fincas que fueron perfilándose como los nuevos barrios a las afueras de la ciudad, a principios del siglo XX.

 

Mientras que la ciudad de intramuros se mudaba y reinventaba a través de sus diversos estilos: colonial, francés, norteamericano…, mantenía su trazado, escala y planificación; intercalándose -entre tanto y tanto- incendios y saqueos.  En las afueras la ciudad crecía, a veces orgánica e improvisada, producto de las migraciones internas y externas, y otras veces con planificación determinada y visión a largo plazo, como la que concibió el presidente Belisario Porras en La Exposición de Calidonia.  No obstante, debemos reconocer que el vertiginoso crecimiento de la urbe más antigua del Pacífico americano, en tierra firme               -Panamá- ha ocurrido en los últimos 50 años.

 

Ciudad de Panamá en 1960.

Fotografía: Panamá Vieja Escuela

Debo traer a este recuento del crecimiento de nuestra ciudad, lo que sucedía a principio de siglo XX con el inicio de la República y la cesión de territorio panameño a Estados Unidos para la construcción del Canal Interoceánico. En la entonces llamada Zona del Canal, una nueva ciudad surgía dentro de otro muro (esta vez político-internacional), donde se alzaba un modelo de ciudad militar, estrechamente ligada al funcionamiento y defensa del Canal, por lo tanto rígida y estricta, pero a su vez con importante valores de preservación natural por el origen de su causa y, sobre todo, porque los norteamericanos entendieron bien que el clima y la naturaleza tropical no podían vencerse: había que aprender a diseñar y adaptarse a ellos.  Así desarrollaron lo que conocemos como Ciudad Jardín.

 

En 1960, la ciudad contaba con una población  de 283,000 habitantes, pasando a 800 mil hacia finales del siglo XX, para llegar a más de 2 millones en el área que ahora se proyecta como zona metropolitana. Con el crecimiento poblacional, la proyectada ampliación del Canal, la crisis financiera del primer decenio del siglo XXI en Europa y Estados Unidos, el foco de la inversión internacional más importante en Panamá, además de la ampliación de la ruta transístmica, era el mercado inmobiliario.

 

Con esto, el suelo capitalino sufrió cambios dramáticos y muy rápidos. Como ejemplo de ello, los corregimientos  de San Francisco y Bella Vista fueron el epicentro de esta vorágine. Así, ante nuestros ojos, vimos residencias unifamiliares en lotes tradicionales de 800 a 1000 m2, convertirse en edificios para 200 familias, con una huella de construcción que ocupa todo el terreno, donde anteriormente había áreas verdes, jardines o arbolado urbano.

 

El alto poder adquisitivo, la dinámica impuesta por la ampliación del Canal y sus nuevas perspectivas, así como la nueva demanda inmobiliaria del turismo de segunda residencia y las recientes e importantes corrientes migratorias,  encontraron en nuestra ciudad un sitio seguro para seguir su desarrollo en distintos ámbitos. Sin embargo, la ausencia de planificación con visión a largo plazo, donde la oferta del mercado dispuso  de las áreas donde debía crecer la ciudad, pero sin que el Estado pudiera estar cónsono en inversiones de infraestructuras, saneamiento y agua potable, hacia esos nuevos sitios que ahora consumían nuevo suelo urbano.

 

Como consecuencia,  ahora ocupamos manglares, bosques de la cuenca del Canal, construimos sobre ríos, afectando sus dinámicas y contaminando sus aguas con el descontrol en el manejo de residuos urbanos. Ante este escenario del primer cuarto de siglo, son muchos los logros en crecimiento y desarrollo, pero también otro tanto los retos y desafíos.

 

Siendo así que ahora ocupamos manglares, bosques de la cuenca del Canal, construimos sobre ríos, afectando sus dinámicas, pero a la vez contaminando sus aguas con el descontrol en el manejo de residuos urbanos. Ante este escenario del primer cuarto de siglo, son muchos los logros en crecimiento y desarrollo, pero también otro tanto los retos y desafíos.

 

Casi 20 años han pasado y los panameños hemos podido demostrar al mundo que tenemos la capacidad de manejar con éxito el Canal e incluso ampliarlo, generando exponencialmente más ingresos que el administrado por los norteamericanos.  Nos organizamos y transformamos la base militar  norteamericana más importante de la región en un Centro del Conocimiento y la innovación, no solo para Panamá, sino para el mundo en la Ciudad del Saber.  La entrada pacífica en Amador se convirtió en el hogar de la única obra arquitectónica en Latinoamérica del afamado arquitecto Frank Gheri: el Biomuseo.  En la entrada atlántica, acabamos de inaugurar el puente de estructura de concreto y tensado más largo del mundo para unir, en un tercer punto, nuestra tierra dividida.  Pero así como nos podemos sentir orgullosos de tantos logros y avances que nos han permitido administrar nuestro territorio, debemos cuestionarnos y reprocharnos aquello que no está bien y que por más que tratemos de justificarlo, jamás estará bien.

 

Una de los aspectos que más se evidencian de un mal manejo de estos bienes es la contaminación de los ríos del área.  Ríos como El Cárdenas hace 20 años eran prístino porque las plantas de tratamiento estaban funcionando gracias al mantenimiento permanente; hoy eso ya ni se ve y muchas de las nuevas construcciones están vertiendo aguas crudas a este y otros afluentes.

 

Deforestación en área canalera. Fotografía de La Prensa 

Asimismo vemos cómo se va tupiendo la telaraña aérea de tendido eléctrico, cuando la Ley 21 de 1997 en su reglamentación indica taxativamente que esta debe ser soterrada, precisamente para evitar interrumpir el entramado arbóreo que es prioridad, o debe serlo, en esta área.  Pero ya que hablamos del bosque, considero que es lo que más evidencia el manejo irrespetuoso y sin visión de su valor e importancia para la Cuenca del Canal y la propia subsistencia, como cadena ecológica de biodiversidad entre el Atlántico y el Pacífico.  La fragmentación, para la venta y desarrollo urbano y comercial, de uno de los Parques Nacionales más importantes: el Parque Camino de Cruces, bajo el grito de que «el progreso acaricia tus lares», se vende y se tala para hacer centros comerciales, barriadas,  ampliación de carreteras a ocho carriles, sin estudios profundos que sustenten el exabrupto ambiental.  Y lo más reciente, la venta de un bosque que debió legalmente incorporarse al PNCC -porque naturalmente está dentro de él- para mudar una escuela de un edificio construido a un bosque maduro.  Si a esto le sumamos una serie de edificaciones abandonadas en muchas de las comunidades exzoneítas del Atlántico y del Pacífico, aún no se les da el tratamiento necesario para darle el mejor uso y aprovechamiento colectivo; pero nos resulta fácil vender para nuevas construcciones.  Mientras la infraestructura hidrosanitaria sigue siendo prácticamente la misma que daba servicio a una población – menor cuando  estas áreas eran bases militares.

 

 

Enfocarnos en ordenar el territorio, determinar la concentración de la huella urbana, aprovechando el suelo urbanizado subutilizado para evitar seguir consumiendo suelo de riqueza natural.  Identificados ya los espacios públicos de carácter distrital, generar parques conectores, no solo de gente sino de biodiversidad, amortiguando zonas de conservación.  Equilibrando densidad con intensidad, logrando que las edificaciones acojan más personas, pero no a costa de masificar la ciudad, recuperando y generando espacio que brinde equilibrio entre lo que se construye y los vacíos que quedan para que sean llenados por la gente.  Intensificar las inversiones en movilidad pública, que le da prioridad a la no motorizada, entre los aspectos más relevantes.

 

La ciudad ya tiene un plan que no puede ignorarse, que debe revalidarse y aplicar.  No podemos seguir en los 500 años por venir con una ciudad que crece a tumbos, por impulsos o por caprichos de un sector, consumiendo suelo y recursos finitos, incrementando crisis climática.  Tiene que ser una ciudad para todos, inclusiva, con inversiones públicas enfocadas en las áreas de desarrollo y con visión de gestión ambiental, integrada como parte de un desarrollo coherente y participativo.  Pero para lograrlo también debemos construir ciudadanía, que es aún mucho más difícil que construir solo estructuras para un espacio físico.  Se trata de edificar conciencia, sentido de pertenencia, solidaridad y de corresponsabilidad con el bien de todos, con el mejor desarrollo –en equidad- para todos.  Para ello, la ciudad nos convoca y requiere de cada uno de los que aquí habitamos, precisamente para dejar de ser solo habitantes y convertirnos en verdaderos ciudadanos.

 

Es la ciudad que debemos y tenemos la responsabilidad de seguir  construyendo, a partir de las bases existentes, la ciudad que cumple 500 años, antigua, moderna, cosmopolita y emergente.

 

 

 

Raisa Banfield

Arquitecta egresada de la Universidad de Panamá en 1993.  Creadora de la firma de Arquitectura y Diseño: Estudio RGB.  Activista ambiental, cofundadora y directora del Centro de Incidencia Ambiental en 2007, fundadora y actual directora de la Fundación Panamá Sostenible.  Produjo y dirigió programas de Educación Ambiental para televisión, conocidos como Cuidando el Planeta 3, FETV y Nuestro Planeta, Telemetro.  Electa vicealcaldesa de ciudad de Panamá en la administración de José Blandón para el periodo 2014-2019. Se encargó  de coordinar  el Plan de Desarrollo de la Ciudad de Panamá.

 

Fue parte de la creación de diversos grupos de defensa de la ciudad y recursos naturales como Alianza Prociudad, Asociación para la Defensa del Parque Nacional Camino de Cruces, entre otros.  Conferencista en foros nacionales e internacionales; ha escrito artículos para revistas y medios de Panamá y de otros países.  Miembro de la red Central American LeadershipInitiative.