¡Las mujeres también ganan elecciones! Obstáculos, desafíos y estrategias en la construcción de la democracia paritaria en América Latina

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¡Las mujeres también ganan elecciones! Obstáculos, desafíos y estrategias en la construcción de la democracia paritaria en América Latina

2021-01-26T17:11:20-05:0026 enero, 2021|Artículo Internacional|

Flavia Freidenberg

Betilde Muñoz Pogossian

 

 

  1. Ellas no compiten en igualdad de condiciones[1]

 

En América Latina, las mujeres no cuentan con las mismas condiciones que sus colegas hombres para hacer campañas electorales. Parafraseando a Isabel Coixet para describir el mundo del cine: “hagamos lo que hagamos, nos cuesta llegar”[2].Ellas encuentran diferentes obstáculos cuando participan en las campañas porque no acceden a los mismos recursos ni son evaluadas con los mismos estándares por sus colegas de partido, por la ciudadanía o por los medios de comunicación. Esto es así porque la manera desde donde se observa a las mujeres políticas es muy diferente desde donde se mira a los hombres. Un reciente caso ilustra claramente este desafío: el de la ex presidenta brasileña Dilma Rousseff, destituida de su cargo en 2016. En una entrevista para el New York Times, poco después de su salida del poder, afirmó que hubo un elemento misógino en cómo era evaluado su desempeño como lideresa: “Había un doble rasero para hombres y mujeres. Mientras [por demostrar liderazgo] a mí me acusaban de ser dura y severa; a un hombre lo consideraban firme y fuerte».

ex presidenta Dilma Rousseff

 

Este no es un problema exclusivo de los países latinoamericanos. Las mujeres en Estados Unidos de América, Europa o Asia enfrentan situaciones similares. La diferencia está en que en las últimas décadas ha habido un consenso bastante generalizado en América Latina para impulsar reformas electorales orientadas a obligar a los partidos a ubicar mujeres en las candidaturas a cargos de representación popular. Esto ha tenido que ser así, porque los partidos políticos históricamente no han colocado a mujeres en las candidaturas. Más de 40 reformas electorales realizadas en 18 países de América Latina, entre 1991 y 2020, dan cuenta de que los esfuerzos de cambio institucional han sido exitosos, ya que está incrementándose la representación descriptiva, y existe una mayor discusión sobre el tema en la agenda pública[3]; pero que, en la práctica, aún quedan fuertes obstáculos cuando ellas quieren hacer campañas electorales en igualdad de condiciones que los hombres.

 

¿Cuáles son los principales obstáculos que afectan la igualdad en la competencia electoral? ¿Por qué a pesar de los esfuerzos institucionales y no institucionales continúa existiendo una fuerte brecha de género? ¿Cuáles son algunas de las estrategias que se pueden implementar para reducir el impacto de estos obstáculos en la vida política de las mujeres? Este artículo explora y sistematiza los principales obstáculos que enfrentan las mujeres cuando quieren hacer política; da cuenta de la existencia de una especie de “cancha inclinada” que dificulta la construcción de democracias paritarias en la región y propone una serie de acciones concretas que pueden contribuir a romper con los diversos techos que enfrentan las mujeres políticas cuando quieren hacer política.

 

  1. Campañas electorales de las mujeres políticas: los obstáculos para el éxito

 

Las campañas electorales son el principal mecanismo con el que las y los políticos cuentan para acercarse al electorado, diseminar sus propuestas y movilizar el voto de la ciudadanía en época electoral. En esos contextos, la mayoría de las mujeres políticas que son militantes y buscan ejercer su liderazgo con autonomía, denuncian una y otra vez que las condiciones en las que hacen campaña electoral son diferentes a las que enfrentan los hombres; no cuentan con apoyos ni recursos económicos suficientes; no son cubiertas por los medios de comunicación ni tampoco son evaluadas por los y las periodistas ni por el electorado con los mismos estándares que los hombres. Una revisión de los datos disponibles y los resultados de una serie de entrevistas realizadas para esta investigación a mujeres políticas y personas de la consultoría política en toda América Latina sugieren que existen al menos cinco obstáculos que enfrentan las mujeres al realizar sus campañas electorales en la región.

 

II.1. Los prejuicios y estereotipos de la opinión pública

 

El primer obstáculo tiene que ver con los prejuicios y estereotipos del público respecto a las capacidades de las mujeres y las condiciones que el liderazgo masculino parecería tener sobre lo femenino. A pesar del progreso en la ampliación de derechos y oportunidades para las mujeres, las expectativas sobre el papel de la mujer en la esfera pública y las percepciones sobre las posibilidades de éxito en una elección impiden la paridad política[4].En general, una de cada cinco personas en América Latina está de acuerdo con la idea de que los hombres son mejores líderes políticos que las mujeres, y un tercio está totalmente de acuerdo con ello (Setzler 2020: 5), generando menos redes de confianza sobre los liderazgos femeninos (Krook y Norris 2014).

 

Ese sesgo de género del electorado, a partir del cual las mujeres pueden perder la elección debido a las preferencias sexistas de los electores (Lawless y Fox 2005), suele agravarse en culturas patriarcales, jerárquicas, machistas y reivindicadoras de lo masculino. Los cuestionamientos son sobre las capacidades y habilidades de las mujeres para hacer política. Se cuestiona su “expertise”, su palabra, su autoridad, su disponibilidad horaria (sobre todo si son madres y esposas), de quién son cercanas o a qué grupos pertenecen y sus condiciones de liderazgo. Entre esos elementos destaca un encuadre centrado en “la condición de lo heroico, de lo excepcional, como una característica casual, nada sistemática (y esto es lo grave), de llegar al poder y no fruto de una capacidad sistémica de poder gobernar de las mujeres” (Riorda 2020).

 

Estos estereotipos banalizan y minimizan a las mujeres, lo que incide en el modo en que el electorado construye sus preferencias políticas y cuestiona la capacidad de mando y liderazgo de las mujeres. Según Gutiérrez Rubi (2020), el principal hándicap de las mujeres es que “mientras los hombres no deben defenderse por ser competentes, las mujeres sí deben probarlo y hasta justificarlo. La combinación de una cultura machista y patriarcal, junto con la misoginia (más profunda que el burdo machismo), son un lastre para las mujeres”.

 

Estos sesgos también se trasladan a la vida partidista. Cuando se acercan las elecciones se suele escuchar en el mundillo político que no hay suficientes “mujeres con aptitudes de liderazgo” (Llanos y Sample 2008), que “no están capacitadas y son inexpertas”; que son “débiles de carácter y faltas de autonomía” (D’Adamoet al. 2008); con ciertas características emocionales (Riorda 2020), que las hace ser sumisas y dependientes y que resulta imposible responder a las exigencias de registro de candidaturas con cuotas o con paridad porque a las mujeres no les gusta o no les interesa participar en política (Freidenberg 2017). Aun cuando la mayoría de las militancias de los partidos latinoamericanos están integradas por mujeres (Llanos y Rosas 2018), las dirigencias no las ven o no las consideran aptas para ganar una elección. Estos prejuicios generan un contexto desfavorable hacia ellas, refuerzan la visión de que la candidata no puede ser exitosa (Briquet 2020); limitan sus carreras políticas y hacen necesario contar con importantes recursos adicionales de campaña que deben ser invertidos para convencer al votante que no quiere perder su voto apoyando una candidatura femenina. En este contexto, la decisión de una mujer de postularse es casi un acto de fe en la democracia, en sí misma y en el propio electorado.

 

  1. 2. La cobertura desigual y sexista de los medios

 

Un segundo obstáculo tiene que ver con la desigual cobertura de los medios de comunicación de masas. El Proyecto de Monitoreo Global de Medios analiza cerca de 22.000 artículos publicados en 2015 y evidencia que las mujeres fueron cubiertas como temas de noticias en solo el 24%. En otras palabras, los informes muestran que las noticias pintan un mundo en el que las mujeres son prácticamente invisibles. Además, cuando realmente las cubren, generalmente se las presenta como “superwoman”, «estrellas» o, por el contrario, como «gente común» pero nunca como figuras de autoridad y liderazgos valientes. Como confirman García Beaudoux (2020) y Llanos y Nina (2011: 39-40), las noticias sobre estereotipos en los medios incluyen aquellas en las que “las candidatas son retratadas como víctimas u objetos sexuales, en roles domésticos (como madres, esposas o amas de casa) y haciendo un énfasis desproporcionado en su vida privada, en su vestimenta o apariencia física”, minimizando su trabajo, méritos, aportes o sus propuestas electorales.

 

Más allá del debate sobre la visibilidad o invisibilidad de las mujeres candidatas, aun cuando las cubren, el problema es que son presentadas con un conjunto de estándares completamente diferentes al que emplean cuando se cubre a los hombres. El informe Global Media Monitoring para América Latina confirma que el 90% de la cobertura analizada perpetuó estereotipos y enfatizó temas que no eran relevantes para las mujeres. La mayoría de los expertos/as consultados señalaron que las mujeres candidatas enfrentan dobles estándares (García Beaudoux 2020; Zuban 2020; Briquet 2020; Gutiérrez Rubí 2020; Riorda 2020). Esto se manifiesta de dos maneras. Primero, los medios minan la credibilidad y confiabilidad de las candidatas, perjudican su posicionamiento en las encuestas y disminuyen la intención de voto hacia ellas. Segundo, como sostiene García Beaudoux (2020), se dan  sesgos automáticos de género, desde el momento en el que una mujer se postula para ocupar una posición de liderazgo, dado que desafía un sesgo inconsciente muy común y culturalmente arraigado, que identifica el liderazgo con las características arbitrariamente asignadas a lo masculino.[5]Las mujeres poderosas desafían el dominio de los hombres, cuestionan los roles, los estereotipos y también la exclusión que ellas -por ser mujeres- han vivido en sociedades androcéntricas.

 

Las preguntas más comunes que enfrentan las candidatas incluyen si están de acuerdo con sacrificar su vida familiar para llevar a cabo la campaña; sobre quién se ocupa de sus hogares durante su ausencia o sobre su físico y apariencia. También les hacen preguntan sobre cómo consiguieron sus candidaturas, gracias a qué vínculos, presuponiendo relaciones patrimonialistas, familiares o sexistas que desmerecen su propia carrera política.

 

Muchas mujeres que han decidido participar en política y que además han tenido hijos y formado una familia se ven socialmente estigmatizadas respecto a si pueden cumplir con las dos responsabilidades cuando, como sostiene Ortega (2020), “lo privado no tendría que estar vinculado con lo público”. Como señala Dopazo (2020), “está muy vigente la mirada inquisitiva sobre la historia de vida de la mujer candidata, la generación de la sospecha permanente de porque está en la lista, quién la avaló, de quién es hija, pareja de alguien, y lo que tiene que ver con la vida privada de la propia candidata y que no tiene que ver con su “expertise”, sus propuestas o lo que pueda aportar a la sociedad”.

 

La formación académica, la experiencia profesional, el estado civil, la juventud, sus relaciones personales e íntimas, su vestimenta y peinado o la cantidad de años en la vida política forman parte de la conversación cuando se trata de mujeres candidatas (Bolívar 2020; Adrián 2020; Chacón 2020). Si se observa a las diversas políticas latinoamericanas, la ex presidenta Michelle Bachelet de manera reiterada se le preguntaba sobre su vida personal y a la ex presidenta Laura Chinchilla sobre si había llorado después de un evento dramático en la vida de su nación (Chinchilla 2018). Como señaló la ex vicealcaldesa de Quito, Daniela Chacón, además “hay (otro) doble estándar para jóvenes queriendo hacer política, se ve mejor ser un hombre joven que una mujer joven. Cuando estaba haciendo campaña, la pregunta que con más frecuencia me hacían era que porqué no estaba casada, que cuál era mi ambición, que porque una mujer como yo que había pasado mis 30 estaba poniendo (primero) esas ambiciones profesionales que la familia” (Chacón 2020).

 

ex presidenta Michelle Bachelet      ex presidenta Laura Chinchilla        ex vicealcaldesa, Daniela Chacón

 

Los medios imponen una manera de evaluar a las mujeres candidatas respecto a cuál debería ser su papel en la sociedad. En ese sentido, en caso de que las mujeres no se ajusten al rol preestablecido por los medios, estos cuestionarán a esas mujeres a través de sus frames, de sus encuadres y posiblemente replicarán una cobertura estereotipada y sexista[6]. Es más, hay como una cierta asociación de temas y encuadres como si las mujeres debieran impulsar ciertas agendas por ser mujeres. Estos encuadres temáticos vinculan a las mujeres con determinados temas como lo relacionado a la familia, el cuidado, los hijos e incluso lo social (Riorda 2020) y también termina siendo una manera de estereotipar, como si hubiera un solo modelo de mujer o como si ellas debieran, por su condición de género, encargarse de un número específico de temas y agendas. Esto según Riorda (2020), “sitúa a la mujer en lo afectivo, (como si) la mujer representara (de manera específica) el cuidado, en su dimensión personal pero también en su dimensión política”.

 

  1. 3. Acceso a fondos y recursos para los gastos de campaña

 

El acceso limitado al dinero y a las redes de financiamiento, o lo que suele denominarse como «techos de billetes» (Pomares 2014), pueden obstaculizar seriamente la capacidad de las mujeres para llevar a cabo sus campañas electorales. Según una encuesta online realizada en el marco del #ObservatorioREFPOL, las mujeres reciben menos dinero para sus campañas que sus homólogos masculinos dentro del partido. El 85% del total de personas encuestadas eran mujeres. Casi el 50% indicó que existen brechas de género en la distribución del financiamiento en los partidos; que tienen menos acceso a las redes de financiación; que tienen que depender de recursos propios o de ayuda de sus familiares para sustentar sus campañas y que además deben hacerse cargo de las tareas de cuidado a nivel de sus redes personales[7].

 

Esta falta de acceso al financiamiento es lo que disuade a muchas mujeres de participar en política, especialmente en países donde el sistema de financiamiento se basa principalmente en donaciones privadas o donde, recibiendo los partidos financiamiento público, las reglas de distribución de ese dinero no están claras, son poco transparentes o se utiliza con criterios sexistas. Este tipo de prácticas además se encuentran relacionadas con la informalidad de los procesos de decisiones dentro de los partidos, que son más bien resultado de asignaciones discrecionales de fondos públicos que de procesos formales y burocratizados (Freidenberg y Levitsky 2007). Precisamente, los partidos políticos reproducen prácticas que resultan ser fuentes de violencia hacia las mujeres al ser estructuras tradicionales de distribución del poder que están masculinizadas y excluyentes.

 

El empoderamiento económico resulta fundamental para el empoderamiento político. Como Došek et al. (2017) explican esta correlación se debe principalmente al hecho de que las mujeres tienden a pertenecer en menor número y tienen menos acceso a las redes corporativas. Una serie de estudios en Estados Unidos, Europa y América Latina refuerzan estas ideas al encontrar que las mujeres tienden a recaudar menos fondos para las campañas (Pomares 2014; Ferreira Rubio 2013; Ballington 2008). Las mujeres tienen más dificultades para identificar donantes y menos tiempo para invertir en asistir a eventos y otras actividades políticas que apoyan sus campañas o sus carreras políticas, aunque sirven como intermediarias electorales en nombre de los candidatos masculinos y son las que suelen articular las redes de resolución de problemas a nivel local en favor de los candidatos masculinos (Zaremberg 2009).

 

Además, las actividades de campaña también representan gastos adicionales para las candidatas, ya que tienen que invertir fondos para contar con un equipo de maquillaje y estilistas que las acompañen permanentemente (García Beaudoux 2020). Cuando los hombres lucen cansados en la campaña, suele pensarse que están entregándolo todo por la elección, y así se manejarán en su gestión de gobierno. Pero cuando las mujeres candidatas se ven cansadas, se las percibe como débiles y descuidadas y así es como dirigirán el gobierno.

 

II.4. Métodos de gestión de campañas generizados

 

Un aspecto clave destacado por las distintas candidatas de la región que fueron entrevistadas para esta investigación se refería al conjunto de métodos y opciones de gestión de campañas electorales para llegar a los votantes que se utilizan actualmente. Al menos en tiempos previos a la pandemia del COVID-19, los mítines de campaña, la movilización en territorio y las marchas a nivel local y nacional eran la estrategia más común de que los candidatos se conectaran con un gran número de personas. Este tipo de actividades de campaña también son bastante exigentes y extenuantes físicamente (D’Elía 2020).

 

En cuanto a la medición de la intención del voto, diversas políticas entrevistadas, señalaron que los modelos demoscópicos están generizados y no dan cuenta de preguntas que pudieran ayudar a re-diseñar o re-pensar los mensajes o a generar mejores propuestas de las candidaturas de mujeres (Chacón 2020; Adrián 2020). Como sostiene D’Elía (2020), “el diseño de las encuestas, focusgroups y otros instrumentos de medición que orientan las campañas no han evolucionado con la perspectiva de género”. Ni siquiera son tema. La gran pregunta es si estos métodos de medición de la opinión pública deberían evolucionar hacia modelos que tomen en cuenta las formas particulares en que las mujeres hacen campaña.

 

II.5. La violencia política en razón de género

 

Una forma de resistencia a la creciente representación de las mujeres en la política es la violencia de género contra las mujeres por ser mujeres. Las candidatas a menudo son víctimas de violencia física, patrimonial o simbólica y, además, del ciberacoso por parte de otros candidatos o candidatas, grupos de choque, medios de comunicación, militantes partidistas y opositores.  Esto se manifiesta a través de ataques y campañas negativas motivados por el hecho de que ella es mujer (Adrián 2020; Bermúdez 2020), y esto se vuelve más pronunciado si se da de manera interseccional, cuando se pertenece a grupos diversos (afrodescendientes, indígenas, LGBTI, entre otros) (Adrián 2020; Bermúdez 2020).

 

Cuando ellas ejercen liderazgos autónomos, se convierten en “una amenaza al status quo, al modo en que se venían haciendo las cosas. En ese escenario, por lo general, los hombres las violentan al sentirse desafiados” (Freidenberg y Del Valle 2017) y los partidos buscan entorpecer el desarrollo del  liderazgo de las mujeres (Bermúdez 2020)[8]. Esas prácticas violentas también se reproducen dentro de los propios partidos que están dominados por grupos de poder masculinos que monopolizan la distribución interna de recursos de poder. Esa violencia incluso está normalizada y naturalizada. Como sostiene la abogada y activista Line Bareiro (2018), por más que se han hecho muchos esfuerzos, “hasta ahora no hemos conseguido normalizar la presencia de las mujeres ni tampoco ninguno de los elementos de la igualdad”.

 

 

III. ¿Qué hacer? Estrategias exitosas para mejorar la igualdad en las campañas

 

América Latina y el Caribe han invertido en las últimas décadas capital técnico y político destinados al desarrollo de una serie de mecanismos de innovación democrática (Freidenberg y Muñoz-Pogossian 2019: 1-6). Algunos de ellas incluyen

(a) mecanismos de innovación institucional, como acciones afirmativas y medidas de paridad de género en las reglas para que los partidos incorporen mujeres como candidatas; medidas legales sobre financiamiento político etiquetado para mujeres para capacitación y fortalecimiento de liderazgo y observatorios institucionales para la participación política de las mujeres y/o la conformación de bancadas de mujeres a nivel legislativo. También se han diseñado

(b) mecanismos de innovación no institucional como redes de mujeres, protocolos, herramientas de comunicación (chats grupales), crowdfunding y foros de capacitación e investigación, que han buscado complementar, monitorear y/o apoyar los mecanismos institucionales para el acceso y ejercicio del poder político de las mujeres en las instituciones democráticas.

 

De estos, y teniendo en cuenta los obstáculos específicos que enfrentan las mujeres en campañas electorales en los países de la región una serie de estrategias pueden ser claves para seguir trabajando en la construcción de democracias paritarias con igualdad sustantiva como: reglas electorales de género, financiamiento político dirigido, crowdfunding y monitoreo de medios y capacitación no sexista para los periodistas que cubren las campañas y fortalecimiento de redes de mujeres.

 

En primer lugar, tras décadas de investigación, hoy sabemos que la igualdad comienza cuando ellas están en las papeletas en número similar al de ellos. ¿Cómo se consigue esto cuando los partidos por interés propio no las ubican en las candidaturas? La experiencia latinoamericana muestra que esto se logra a través del régimen electoral de género, es decir, obligando a los partidos a poner mujeres en las candidaturas (Llanos y Martínez 2016). Cuanto más se les exige (paridad vertical, horizontal y transversal, fórmulas completas, con mandatos de posición claro, sin válvulas de escape y sanciones fuertes), y más se controle el cumplimiento de esas exigencias por vía jurisdiccional y social, mayores serán las oportunidades de éxito electoral de las mujeres.

 

En segundo lugar, las candidatas deben tener acceso a recursos para pagar los gastos de sus campañas políticas (Ferreira Rubio 2013). El acceso al financiamiento, por tanto, es clave para aumentar sus probabilidades de éxito electoral. Algunos de los modelos de financiamiento político que favorecen el éxito de las candidatas incluyen aquellos que tienen (a) normas que promueven el uso de recursos que nivelan la cancha de competencia electoral.

(b) normas que restringen el uso de fuentes de financiamiento que generan efectos adversos, y

(c) normas que establecen topes de gasto (Muñoz-Pogossian y Freidenberg 2018).

Junto a ello, algunos países de América Latina y el Caribe han aprobado mecanismos de financiamiento público complementarios.

 

Esos mecanismos buscan mejorar las condiciones de participación de las mujeres y pueden agruparse en cuatro:

(a) financiamiento para la formación y fortalecimiento del liderazgo de las mujeres (Panamá; México, Costa Rica, Colombia, Brasil, Honduras);

  1. b) financiación para promover las candidaturas de mujeres en los medios de comunicación de masas (Brazil);

(c) financiamiento adicional (“plus”) a los partidos que logren la elección de mujeres (Chile y Colombia); y

(d) financiamiento de actividades concretas en temas de igualdad y políticas públicas (Costa Rica y Honduras) (Muñoz-Pogossian y Freidenberg 2018). Estos mecanismos, junto a diagnósticos y presupuestos sensibles al género, suponen una agenda subversiva del orden social dominante que puede generar cambios positivos en la construcción de la igualdad.

 

Una alternativa a la financiación pública dirigida a mujeres candidatas ha sido el crowdfunding o la recaudación de fondos en línea para las candidaturas de mujeres. Esto implica la promoción de redes de financiamiento más allá del dinero que los partidos asignan a sus candidatas y supone el principio de que el dinero debe ser distribuido de la misma manera que es distribuido el poder. Por ejemplo, en las elecciones mexicanas de 2018, un grupo de académicas/os, políticas/os y miembros de la sociedad civil crearon una iniciativa de este tipo denominada “Fondo Paridad”, para generar apoyo a mujeres candidatas que necesitaran asistencia legal en casos de violencia política por razón de género.

 

Otra estrategia clave tiene que ver con fomentar el monitoreo de medios y capacitación no sexista para los periodistas que cubren las campañas. En los últimos años, las agencias de cooperación, las organizaciones de la sociedad civil y las autoridades electorales (como el Instituto Nacional Electoral en México) han impulsado capacitaciones y talleres para eliminar los estereotipos y la cobertura sexista por parte de los y las periodistas. En ese sentido, han trabajado para erradicar los dobles estándares, para que cubran a mujeres y hombres en igualdad de condiciones, eviten las preguntas personales y la violencia simbólica de género. Esto también supone incluir nuevas agendas, temas y perspectivas que repercutan en beneficio de toda la sociedad y que quiten esa idea de que hay temas sólo de mujeres, que sólo pueden ser analizados por mujeres (como si existiera una sola manera de entender los problemas y como si cuerpo de mujer supusiera conciencia de género), cuando en realidad son déficits estructurales que atañen a toda la sociedad (a mujeres y hombres). Esta estrategia implica eliminar las barreras sobre el modo en que se ejerce el poder una vez que se accede a los cargos (representación simbólica) y también busca promover cambios que erradiquen patrones patriarcales en el contenido de lo que se decide y se legisla (representación sustantiva).

 

El impulso y creación de redes de mujeres, tanto militantes de los partidos como en alianza con el movimiento amplio de mujeres y/o el movimiento feminista, la existencia de densas coaliciones amigables al género, la posibilidad de trabajar en red y de articular posiciones entre actores de diversos ámbitos (autoridades electorales, miembros de los partidos políticos, líderes del movimiento de mujeres, académicas, activistas de la sociedad civil) que contribuyan a eliminar los obstáculos y a impulsar estrategias que acompañen a las mujeres y que articulen reacciones efectivas en relación a los casos de violencia política en razón de género, contribuyen a generar mayores oportunidades para el liderazgo de las mujeres (Piscopo 2015).

 

  1. Mujeres al poder (con poder) y conciencia de género

 

La búsqueda de soluciones para igualar las condiciones en las que las mujeres hacen política sigue siendo una cuestión urgente. No se trata solo de incrementar el número de mujeres que acceden y ejercen el poder, también se trata de generar condiciones para que las mujeres puedan impulsar agendas de derechos que amplíen la democracia paritaria con igualdad sustantiva. La tarea es triple. Primero, se trata de eliminar los estereotipos de género de una manera más deliberada, tanto de la sociedad como de los medios. Las mujeres políticas y sus jefes de campaña deben aprovechar la oferta de valor clave de las mujeres y la ventaja comparativa que tienen sobre los cientos de hombres que compiten en las elecciones: el hecho de que son mujeres. Segundo, se debe transformar la política interna de los partidos, democratizarlos, (des)generizarlos y erradicar los llamados ‘techos de cristal’, que continúan impidiendo el acceso de las mujeres a posiciones de poder. Tercero, como señaló Gutiérrez Rubi (2020), no solo se deben “romper los techos de cristal, (sino también se deben) romper las paredes. Ampliar el liderazgo (de las mujeres) y su protagonismo por arriba así como también ampliar, horizontalmente, los temas, los focos. El reto sería aspirar a todo, hablar de todo”.

 

La democracia paritaria exige un cambio cultural que acompañe los cambios institucionales que se han realizado en las últimas décadas. La presencia de las mujeres en diferentes espacios sociales y políticos contribuye a generar nuevos roles y prototipos de mujeres, distintos de los tradicionales. Esa presencia cuestiona formas, discursos, estilos de liderazgo y maneras de hacer las cosas. El redistribuir de manera equilibrada el poder entre hombres y mujeres (tanto en lo público como en lo privado) ayuda a construir relaciones horizontales de igualdad y liderazgos libres de estereotipos y prejuicios, evitar que las candidatas recurran a masculinizarse para que no tengan que enfrentar los dobles estándares y el sesgo sexista en el “expertise”. Se trata de ganar espacios y también de contestar y cuestionar el modo en que se ejerce el poder. Resulta necesario erradicar la idea (bastante generalizada) de que el poder es “cosa de hombres”. Como alertó Bareiro (2018), “se necesita normalizar la presencia de las mujeres en las democracias latinoamericanas”. Y también normalizar la idea de que a las mujeres les gusta ejercer el poder y que ese poder tiene que servir para construir democracias más igualitarias e incluyentes.

 

Referencias

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Pachón, Mónica, Peña, Ximena y Wills, Mónica. 2012. “Participación política en América Latina: un análisis desde la perspectiva de género”. Revista de CienciaPolítica, vol. 32, núm. 2: 359-381.

 

Piscopo, Jennifer M., 2015, “States as Gender Equality Activists: The Evolution of Quota Laws in Latin America”, Latin American Politics and Society, vol. 57, núm. 3: 27–49.

 

Pomares, Julia. 2014. “Los techos de billetes entre las mujeres y la política”. La Nación. Artículo disponible en:http://www.lanacion.com.ar/1698865-un-techo-de-billetes-entre-las-mujeres-y-la-politica Consulta realizada el 29 de febrero de 2015, 18:15 hs.

 

Riorda, Mario. 2020. Consultor Político. Entrevista personal realizada vía WhatsApp. Ciudad de México, México. 20 de julio.

 

Setzler, Mark. 2019. “Adversity, Gender Stereotyping, and Appraisals of Female Political Leadership: Evidence from Latin America”. The Latin Americanist, Volume 63, Issue 2.

 

Table, Martha. 2020. Diputada Federal. Entrevista personal realizada vía WhatsApp. Ciudad de México, México. 20 de julio.

 

Zaremberg, Gisela, 2009. “¿Cuánto y para qué?: los derechos políticos de las mujeres desde la óptica de la representación descriptiva y sustantiva”, en Ansolabehere, Karina y Cerva, Daniela. Género y Derechos políticos. La protección jurisdiccional de los derechos político-electorales de las mujeres en México, México, Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, 77-120.

 

[1] Investigación realizada gracias al Programa de Apoyo a Proyectos de Investigación e Innovación Tecnológica (PAPIIT) de la Universidad Nacional Autónoma de México. Clave del proyecto: IN103020. Un resumen de las ideas aquí presentadas han sido publicadas recientemente en AmericasQuarterly. Las autoras agradecen a las diputadas Adriana D’Elia (Venezuela), Tamara Adrian (Venezuela), Manuela Bolívar (Venezuela), Martha Tagle (México), Johanna Bermúdez (Honduras); a las dirigentes Jessica Ortega (México) y Daniela Chacón (Ecuador), y a las y los consultores políticos Virginia García Beaudoux (Argentina), Armando Briquet (Venezuela), Antoni Gutiérrez Rubí (España), Ana Paola Zuban (Argentina), Natalie Becerra (Ecuador), Fernando Dopazo (Argentina) y Mario Riorda (Argentina) por sus aportes para la elaboración de este artículo.

[2]En enero de 2018 se publicó una entrevista a la directora Isabel Coixet donde señalaba que (por ser mujer) “tienes que hacer más ruido para que te oigan […] hagamos lo que hagamos, nos cuesta más llegar. La conclusión es que las mujeres no existimos […]”. Entrevista realizada y publicada por el Periódico El País, el 19 de enero de 2018. Disponible en:https://elpais.com/elpais/2018/01/19/eps/1516365000_218345.html [Consulta realizada el 10 de marzo de 2018, a las 9:45).En Freidenberg (2018).

[3]El nivel de representación política de las mujeres a nivel legislativo nacional se ha incrementado más de 30 puntos porcentuales (CEPAL, 2020); unos nueve países han aprobado algún tipo de reforma electoral que exige paridad de género en las candidaturas (Argentina, Bolivia, Ecuador, Costa Rica, Honduras, México, Nicaragua, Panamá y Perú) (#ObservatorioREFPOL, 2020) y algunos de ellos incluso han conseguido que las mujeres sean mayoría en los Poderes Legislativos (Bolivia) o al menos se integren de manera casi paritaria (México) (IPU, 2020).

[4]Se entiende por “estereotipos de género” a las creencias, imágenes e ideas generalizadoras y socialmente compartidas que se consideran propiamente femeninas (o masculinas) y que guían la formación de ciertas expectativas, evaluaciones y formas de ser en torno a la conducta esperada de los individuos estereotipos de género” (García Beaudoux 2017: 37). Las personas de cada género son percibidas de una determinada manera, en función de una serie de roles, de lo que se espera que ellas hagan y de cómo se considera que ellas deben comportarse en la vida familiar, en la política, en la vida profesional o en la relación con los demás (Eagly 1987).

[5]García Beaudoux (2020) fue contundente al señalar que “las mujeres candidatas reciben un tratamiento diferente en los medios de comunicación, caracterizado por dobles estándares que las perjudican porque despolitizan sus figuras”.

[6]Por ejemplo, “si eres mujer, soltera, estás en política, te relacionas socialmente con tus colegas, con otros candidatos, otros miembros del partido, siempre está esa tensión de que seguramente estás disponible. De ese modo, independientemente de si el colega está casado o no, el acercamiento y el relacionamiento es siempre de orden sexual, y es super incómodo porque te limita mucho en cómo puedes desenvolverte en esos espacios” (Chacón 2020).

[7]Las exigencias del cuidado de la esfera doméstica (ya sea por el tiempo dedicado a ello o en relación al financiamiento de dichas tareas) superpuestas con la actividad partidaria y/o política son un fuerte obstáculo para las mujeres que quieren seguir una carrera política (Ortega 2020; Tagle 2020; Chacón 2020). Las actividades en horarios nocturnos dan cuenta de la incompatibilidad para asumir responsabilidades de cuidado a la familia y/o a enfermos y la actividad política (Zaremberg 2009; Pachón et al. 2012).

[8]Como sostiene la Diputada Bermúdez (2020), “los partidos no creen en la mujer como una aliada capaz de generar cambios y propuestas […] los hombres se encargan de hacerles creer a las mujeres que son rellenos, que su mínima posibilidad debe ser derribando a su rival más débil y elaboran una estrategia para que la mujer comience una lucha feroz y sin piedad contra otra mujer”.